Crónica de mayo de 2015 de José Ramón Sales -crónicas rebeldes- "La sal de la tierra"

LA SAL DE LA TIERRA

José Ramón Sales

 

 

 

«Las tragedias se solapan unas a otras en un proceso sin fin». Así da comienzo la crónica anterior. Ahora, como un eco ineluctable de dicha afirmación, una nueva y pavorosa desgracia asola a los habitantes de este mundo. Es la sal de la tierra, título que evoca al trágico y a la vez hermosísimo documental de Wim Wenders.

El planeta entero se lamenta y llora por las agresiones multiplicadas contra él en las últimas décadas, mientras los hombres se matan sobre la corteza del planeta. Algo que viene sucediendo desde los albores de la humanidad, a pesar de los rezos de los papas, y ante cuyo deficiente resultado deberíamos formularnos algunas preguntas.

Nepal, tierra de dioses y montañas, de hombres pobres y vidas sencillas. Aquí precisamente tiene lugar el último grito surgido de las entrañas del orbe. Abofetea las conciencias de los más sensibles; alza interrogantes sobre nuestras vidas y nos hace recordar la realidad de nuestro papel en la trama, a pesar de lo que podamos urdir sobre todo ello. Y es que, sea como fuere y aunque nos empecinemos en lo contrario, somos meros huérfanos untados con una pátina divina.

Las piras de fuego alzando a los cielos los restos de infinidad de vidas truncadas, son un libro abierto y una invitación a la más transcendental de las meditaciones. Por los niños inmolados y las familias desgarradas en esta infernal vorágine, desatada por unas causas y otras en nuestras sociedades, henchidas de especulación y despecho. El mundo somos todos, como vengo diciendo desde hace mucho. Lamentablemente, cada uno tiende al individualismo de su propia creencia y nacionalidad, distanciándose física y anímicamente de los demás pueblos. Por ello somos incapaces de sentir algo ante el ahogo masivo de mil africanos en el mar. Sólo somos capaces de conmovernos cuando alguien de nuestra nacionalidad muere o queda atrapado en la tragedia. Las demás vidas carecen de importancia real. A este punto hemos llegado. Una pobre espiritualidad para aquellos que profesen algún tipo de religión.

A los pies del mayestático Everest, cientos de escaladores de todo el mundo esperan su turno para coronar la cima más alta del planeta. La primavera es, junto con el principio del otoño, los momentos idóneos para aspirar el riesgo de la ascensión. Un aroma peculiar que impele el ánimo de miles de personas desde que el mundo es mundo. Y ahora, bien parece que el demiurgo platónico haya aguardado a que todos los acólitos del montañismo estuvieran en el mismo cesto antes de desatar el infierno sobre ellos.

Con cada muerte, una porción de mí perece. Porque son mis iguales. Mis hermanos en la tragicomedia de la vida. Mi corazón acumula las heridas, pero en acto de natural e instintiva supervivencia intento distanciarme de sus tragedias, aunque no lo logro del todo, pues los cortes son continuos y mi conciencia no es tan estólida como yo desearía. Quizás por este motivo escribo libros preñados de reflexiones cuasi poéticas y descargo mi dolor en estos pequeños ensayos.

Sebastiao Salgado, la sensible alma cuyas fotografías han ofendido la psique del mundo a lo largo de toda una vida, y de cuyo sentido periplo deja testimonio el mencionado documental que da título a esta crónica, al final de tan oneroso trayecto decidió refugiarse en la parcela natal de su familia y reconciliarse con el mundo a través del proceso regenerativo de la naturaleza. Porque después de mucho batallar y de recorrer el mundo de un lado a otro retratando las vidas de muchos pueblos, no pudo sino renegar de su condición humana: «No creía en nada. No creía en la salvación de la especie humana. No podíamos sobrevivir a tal cosa. No merecíamos vivir más. Nadie merecía vivir». Esta es la realidad de quien ha vivido y mirado las tragedias del mundo cara a cara, y no a través de la televisión o los periódicos, desde la comodidad de una vida burguesa. Quienes así lo hacemos, erigimos equívocos postulados basados en nuestra percepción personal a tenor de la vida que vivimos. Pero eso no es la realidad. La realidad está ahí afuera entre los millones de vidas presionadas y agitadas por un mundo tirano repleto de gerifaltes atormentados.

Nepal llora hoy. Como antes lloraron los que ni siquiera tuvieron la oportunidad de crecer, y morir de una enfermedad digna o indigna. El recuerdo del tsunami del dos mil cuatro y de los más de doscientos mil seres humanos que perecieron no puede ser borrado fácilmente de la memoria. Se hace ingrato seguir por este camino en el que se invoca el terror, cuyos cielos presagian siempre una tormenta de muerte; una angustia sin expansión posible; un infierno de desesperación real para muchísimas personas.

La vida nos hostiga con sus necesidades. La mía es vocear como terapia todo lo que acumulo tras casi una vida de reflexión y análisis. No hay necesidad de abundar más sobre el último terremoto en el Himalaya, uno de tantos y de los muchos que seguirán en el transcurso de las centurias. Lo verdaderamente lamentable es ver cómo nos atrincheramos en nuestros cómodos raciocinios, capaces de aquietar al más voluble. Una mezquina y desazonadora singularidad a la altura de los bisoños filósofos del nuevo milenio, cuya correspondencia con la gazmoñería de la que hacen gala es poco menos que tenebrosa. Y es que el mundo ya no está nunca de luto ante tanta barbarie. Todo se reduce a una suerte de teocracia hipócrita, fría e impersonal, repleta de vástagos afines, víctimas de la teleología.

 

 

 

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